Nuestros
docentes
Tomás
Linn
¿Qué significa para Tomás
Linn la columna semanal de Búsqueda?
De todas las actividades que hago, es la que considero
más importante. Realmente disfruto hacerla y nunca
terminaré de agradecerle a Danilo Arbilla que me
haya confiado esa tarea hace ya 16 años.
La columna es un género dentro del periodismo que
implica usar técnicas propias de la profesión,
a la que se le agrega análisis y opinión
y todo esto, aunque parezca difícil, hay que hacerlo
con independencia y credibilidad. Es decir, soy consciente
de que en ellas expreso mis puntos de vista y nadie está
obligado a compartirlos, pero es importante que aún
en la discrepancia, el lector me crea cuando le digo que
esas opiniones están hechas desde mi independencia,
que no estoy sujeto a disciplinas partidarias, a estrategias
de otros sectores, ni grupos, que no le hago favores,
ni mandados a nadie. Simplemente son eso, mis puntos de
vista. Por cierto me gusta saber que mis lectores discuten
conmigo cuando me leen, que asumen mi racionalidad y mi
lógica y desde ella discrepan o están de
acuerdo conmigo. Y además cuido un aspecto muy
importante. Cuando opino con dureza, lo hago sobre conceptos,
sobre ideas, sobre proyectos, sobre una gestión
en concreto. Pero nunca personalizo. Eso me permite ser
muy duro donde es necesario serlo, sin ofender, ni humillar,
ni despreciar en lo personal. Creo, además, que
la tarea de ser columnista es una de las vertientes que
tiene mucho futuro en el periodismo escrito.
En la medida que los medios audiovisuales y que Internet
son cada vez más rápidos para dar y distribuir
información de último momento, lo que la
prensa puede ofrecer es el periodismo de contexto, de
análisis. Explicar y desarrollar con más
profundidad y mejor pluma lo que informan con rapidez
y precisión los otros medios. En ese sentido, creo
que esto de ser columnista está en su mejor momento.
Y serlo en Búsqueda, una revista que respeta a
sus profesionales, alienta su desarrollo y crecimiento
y hace culto de la libertad de prensa, es como un sueño
cumplido.
Sus primeros colegas eran profesionales
autodidactas (de la universidad “de la calle”),
luego se incorporaron a los medios de comunicación
las nuevas generaciones con formación académica,
¿cuáles considera son los principales aportes
de estos últimos?
Es verdad que cuando empecé a trabajar en los medios,
yo era de los pocos, si no el único, que había
estudiado periodismo, pero eso no implica que mis colegas
estaban únicamente formados en la “universidad
de la calle”. En primer lugar, hay que recordar
que todos habían terminado su bachillerato y que
por ese entonces, tener los cuatro años de liceo
y dos de preparatorios -como se le decía- indicaba
un más que adecuado nivel de formación.
Muchos de mis colegas, además, estudiaban o se
habían recibido en carreras universitarias. Lo
que sí ocurría, con algunos de estos colegas,
es que llegaban a la profesión un poco por casualidad.
Como tenían talento y formación, funcionaban
bien y quizás dentro de la oferta, era el trabajo
más lindo disponible, pero no todos eran vocacionales.
La carrera universitaria ahora obliga a que el estudiante
vaya definiendo su vocación. A un editor que contrata
a un egresado de la Católica le importa saber que,
si se tomó la molestia de estudiar cuatro años,
es porque algún interés notorio tiene en
el periodismo. Por lo tanto, el primer aporte que ofrecen
nuestros egresados es esa clara identificación
con la profesión, su compromiso con valores claves
del rigor profesional: la independencia y la credibilidad.
La clara noción de que el periodismo es una profesión
en sí misma y no un camino, un atajo, para llegar
a otra cosa. A ello se suma la noción del rigor
en el trabajo, del método, de la necesidad de ser
disciplinado y por cierto, la pasión, casi enfermiza,
que implica la búsqueda de la noticia.
De todas las coberturas realizadas, ¿cuál
fue la que más le impactó y por qué?
Con más de 30 años de periodista, la lista
es larga. Por cierto, fue una gran experiencia cubrir
(y coordinar, ya que era secretario de redacción
de “Aquí”) el retorno democrático
del 1º de marzo de 1985 y días sucesivos.
Fue una experiencia extraordinaria. Igual de impactante
fue el largo mes que viví en condiciones muy duras,
en Moscú, en mayo de 1991. Eran tiempos en que
la vieja URSS se desmoronaba (terminó de caer en
diciembre de ese año).
Era jefe de la sección internacional de “El
Diario” cuando murió Perón y, para
ello, hubo que parar la rotativa y cambiar la primera
plana, cosa que tenía ya medianamente prevista.
Ahí aprendí mucho con un gran jefe que tuve:
Antonio “Manino” Mercader. De eso no me olvido
más.
Tiene una hija periodista a quien le contagió
su amor por la profesión y la actividad docente,
¿qué se siente ser reconocido últimamente
como “el padre de Leticia”?
No sé si le contagié ese amor por la profesión
a Leticia. Pero es verdad que todo periodista, que se
apasiona con su profesión, vuelve a su casa cada
noche y al contar como fue su jornada, no puede menos
que transmitir lo fascinante de ella. Quizás eso
es lo que tantos periodistas hemos transmitido a nuestros
hijos.
En la elección de su profesión, lo que siempre
temí es que mi hija no fuera considerada y atendida
por ser “la hija de Tomás”. Siempre
insistí que tomara distancia de la historia de
su padre y se hiciera la suya propia. Cuando hoy tanta
gente me pregunta si soy “el padre de Leticia”,
ello demuestra que tuve éxito con esa estrategia
y que Leticia logró lo que logró por sus
propios méritos y por su talento y formación.
Me consta que fue difícil, porque en su caso ser
hija de Tomás, no siempre abrió puertas,
sino al contrario. Pero con tenacidad y simple evidencia
de los resultados de su trabajo, mostró que ella
era ella. Por eso siempre digo, y no quisiera con esto
herir la sensibilidad de tantos buenos discípulos
que he tenido en la Católica, que ella ha sido
la mejor.
Tomás
Linn
Estudió en la Escuela Superior de Periodismo (instituto
Grafotécnico) de Buenos Aires (1970-1973). Fue
Humphrey Fellow en la Univesidad de Maryland
(Estados Unidos, 1995-1996). Tiene la Licenciatura en
Comunicación Social de la Universidad Católica
y ha participado en diversos cursos especializados para
periodistas en las universidades de Austin
(Texas), Minnesotta y en Berlín (Alemania).
Como periodista, es columnista del semanario “Búsqueda”
desde 1989. En los años ‘80 fue Redactor
Responsable de la revista “Opción”,
clausurada por la dictadura en 1982, y Secretario de Redacción
del semanario “Aquí”, que salió
a los pocos meses en sustitución de la primera.
Además, fue subsecretario de redacción de
“El Diario” (hasta 1982), colaboró
con la agencia internacional “Reuters”. También
con el programa “En Perspectiva” que conducía
Emiliano Cotelo en Emisora del Palacio y en el informativo
del mediodía de Canal 5 (ambos en 1988). Escribió
para la revista mensual
”Marcha”, cuando ella retomó sus ediciones
en Montevideo, tras su exilio en México.
Además de cubrir la información nacional,
ha tenido oportunidad de realizar diversas coberturas
internacionales de mucho interés: una asamblea
de la Organización de Estados Americanos (OEA)
en Estados Unidos (1978), el seguimiento de lo ocurrido
tras el copamiento (con rehenes) de una embajada en Bogotá
(1980), las elecciones estadounidenses de 1980, los primeros
grandes actos de protesta contra Pinochet en 1985, los
debates sobre la deuda externa promovidos por Fidel Castro
en La Habana (1985), la Berlín todavía con
muro en 1986, los ultimos meses de existencia de la URSS
en mayo de 1991.
Escribió cuatro libros, dos sobre periodismo: “De
buena fuente” (1989) y “Pasión, rigor
y libertad” (1999). Los otros dos son sobre política
y los publicó gracias a un acuerdo entre Editorial
Fin de Siglo y “Búsqueda”: “Los
temas sobre la mesa” (1994) y “Los nabos de
siempre” (2004). Si bien estos últimos fueron
escritos como libros, están inspirados en las columnas
que publica en “Búsqueda”, todos los
jueves.
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